Historias de ausentes ( II ) .

Vuelve Germán Magide con la segunda parte de aquella historia de ausencias que comenzó hace unos meses y que hoy finalmente termina. Si en aquella ocasión Germán hablaba de grandes selecciones ausentes en Campeonatos del Mundo,esta vez le toca el turno a ilustres futbolistas que, bien por nacer en países con escasa tradición futbolística o bien por un cúmulo de desgracias deportivas,no pudieron jamás defender los colores de su selección en una Copa Mundial.

Disfruten.
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Suele decirse, no sin acierto, que la participación en una Copa del Mundo es la culminación y la máxima aspiración de un futbolista. En sintonía con esta línea de pensamiento, algunos irracionales se atreven a exigirle a Messi “que gane un Mundial” y solo después lo considerarán el mejor del mundo. Sin embargo, hay en el Olimpo futbolístico algunas figuras indiscutibles que no solo no ganaron, sino que ni siquiera han participado jamás de un Mundial. Las razones de ese ausentismo pueden ser varias: un mal momento histórico, un país de escaso nivel deportivo o decisiones personales.
Los invito a conocer algunos casos ejemplares, aclarando antes que nos limitamos a casos de jugadores que no han estado ni un minuto en el campo de juego de un partido por la Copa del Mundo.

Para los paraguayos no hay duda: los mejores de la historia fueron Di Stefano, Pelé, Maradona…y Arsenio Erico. El centrodelantero guaraní, nacido en 1915, llegó en 1934 a Independiente de Argentina y fue una explosión. Entre 1937 y 1939 convirtió 130 goles. Fue el primer gran ídolo de los Rojos de Avellaneda. Su juego era espectacular, lleno de acrobacias y plasticidad. Fue el primero en practicar la jugada del escorpión, aquella que popularizara Higuita. Solo que él la usó nada menos que para convertirle un gol a Boca. Con 293 conversiones es el máximo goleador del fútbol argentino. Al emigrar, ya no fue seleccionado para el equipo nacional paraguayo; y perdió la oportunidad de jugar un Mundial. Su juego mereció que el poeta del tango Cátulo Castillo le dedicara estos versos:

Estás en mi presente sin convenio
fabuloso señor de la belleza
saltando al sueño que en tu gracia empieza
y ardiendo en la gambeta de tu ingenio…

¡Ángel alado! Pasará un milenio
sin que nadie repita tu proeza
del pase de “taquito” o de “cabeza”,
tras una multitud gritando Arsenio…

Tu plástica genial sigue presente
con tus ojos de luz y vida plenos
inmóvil en la “foto” en que te ubico

burlando de impotencia a dos morenos,
o abriéndole otro triunfo a Independiente
y firmando en aire: ¡Arsenio Erico!

¡La gente ya no come, por ver a Walter Gómez! Este delantero uruguayo supo llamar la atención en un amistoso jugado entre Argentina y Uruguay. Aunque los albicelestes ganaron por el inusual score de 6-2, la ovación del público se la llevó el botija. El interés de River lo llevó a emigrar. Fue el primer oriental en ser ídolo en Argentina, el mejor hasta la llegada de Enzo Francescoli. Un problema con un árbitro lo alejó de la selección celeste y lo privó de ser protagonista del Maracanazo. Cuentan que esa tarde de 1950, los altoparlantes del estadio de River anunciaron el triunfo charrúa en el entretiempo y, mientras el público aplaudía, Walter agradecía con lágrimas en los ojos. Las canchas de Italia, Colombia y Venezuela también lo vieron brillar.

De los cracks argentinos mencionaré a solo uno. José Manuel Moreno, el Charro fue una figura enorme en un equipo legendario: la Máquina de River. Famoso no solo por sus dotes futbolísticas, sino por su ajetreada vida nocturna, Moreno supo eclipsar a otros grandes como Pedernera o Labruna. Gran cabeceador, entre sus logros se cuenta haber convertido 5 goles en un partido con Argentina (12-0 a Ecuador) y salir campeón en 4 ligas distintas: Argentina, Chile, Colombia y México. También jugó en Uruguay. Su plenitud se produjo durante la década del ’40, en la que no hubo Mundiales a causa de la Segunda Guerra. En 1978, una encuesta de la revista El Gráfico lo consagró como el mejor futbolista argentino de la historia.

Cada cierto tiempo, algunos países producen una generación excepcional de futbolistas, lo que redunda en éxitos internacionales. Antes y después, aparecen jugadores que, al no coincidir con ese grupo extraordinario, se pierden la figuración internacional.
Es el caso de Nolberto “Ñol” Solano, portentoso lateral derecho de juego elegante y pegada sin igual. Jugó más de 50 partidos por Eliminatorias para Perú, pero su generación no daba la talla para alcanzar un Mundial. Fue el primer peruano en jugar en la Premier League. Además brilló en Boca y en Grecia.


En la década del ’70, los equipos colombianos que jugaban la Copa Libertadores se basaban en sus figuras extranjeras, mientras la Selección Cafetera pasaba sin pena ni gloria por los campos de juego. Sin embargo, en esos años supo brillar Willington Ortiz, delantero potente y hábil que logró 3 subcampeonatos sudamericanos a nivel de clubes y otro con el seleccionado. También integró, sin jugar, el plantel colombiano en los Juegos de Munich’72.

En ocasiones, en países sin tradición en fútbol surgen estrellas cuyo fulgor resalta por el pobre contexto en que se hallan. De Panamá llegó a España un goleador llamado Rommel Fernández. Falleció prematuramente sin conseguir que su país natal llegara al máximo torneo.
Por las canchas de Francia, España, Portugal y Estados Unidos brilló Salif Keita, de Mali. Y también del Continente Negro llegó a Francia el notable delantero y candidato a presidente George Weah. El liberiano paseó su juego espectacular, además, por Camerún, Italia, Inglaterra y los Emiratos Árabes. En 1995 fue distinguido con el Balón de Oro al mejor jugador de Europa y el FIFA World Player al mejor del mundo. En su país, devastado por una terrible guerra civil, es un ídolo absoluto; condición que no le alcanzó para imponerse en los comicios presidenciales de 2005.
De las heladas tierras donde el sol brilla a medianoche advino Jari Litmanen, el Príncipe del Hielo. Su juego brillante, pleno de habilidad, se hizo notorio en el Ajax campeón de Europa de 1995. Jugó 137 partidos para Finlandia, pero ni siquiera accedió a una Eurocopa. Eso no le impidió destacarse en España, Inglaterra, Alemania y Suecia. Jugó hasta una edad avanzada y su retiro es reciente.
Ejemplo de fidelidad a una casaca es el caso del Oficial del Imperio Británico Ryan Giggs. Nacido en el País de Gales, toda su trayectoria se cumplió en el Manchester United. Su juego elegante y creativo no fue suficiente para que el equipo del Dragón superara las fases eliminatorias de Mundiales y Eurocopas. Pero el mundo entero se ha deleitado con las evoluciones magníficas de Ryan en la Premier. Jugó, a modo de consuelo, los Juegos Olímpicos de 2012, aunque con los colores de Gran Bretaña.





En Belfast se solía decir: “Maradona, good. Pelé, better. George Best”. Es que en la verde Erin nunca hubo ni habrá un futbolista más idolatrado por su habilidad y cuestionado por su particular modus vivendi. Considerado por muchos el mejor jugador nacido en las Islas Británicas en toda la historia, George Best paseó su talento y pinta de rocker por Inglaterra, Escocia, Estados Unidos y las dos Irlandas. Se especuló con que participaría en el Mundial de 1982, pero finalmente no fue tenido en cuenta. Falleció en 2005, víctima de sus excesos. Dejó una frase para la historia: “Un día decidí dejar el alcohol, el tabaco y las mujeres: Fueron los peores veinte minutos de mi vida”


En 1980, cuando este humilde escriba comenzaba a ver fútbol con cierto espíritu crítico, durante la Eurocopa, brilló un joven alemán de gran talento e infatigable despliegue. Se llamaba Bernd Schuster. Rápidamente, pasó a España donde fue estrella en los tres principales equipos del país. Sin embargo, su carácter lo llevó a chocar con entrenadores y dirigentes alemanes, lo que lo alejó del seleccionado para siempre. Su carrera se prolongó en Estados Unidos y México.


Otro ejemplo de hombre de gran habilidad pero de mal genio es el francés Eric Cantona. Su fama se debió en partes iguales a su talento y a sus inconductas. Capaz de insultar a un entrenador públicamente o de patear a un espectador, Eric ha sido capaz de concitar la admiración de los franceses e ingleses por igual. Sus reacciones lo mantuvieron alejado de la selección y, por ende, de los Mundiales. Solo jugó un partido en el Mundial de Beach Soccer de 2005.

Algunos jugadores tuvieron mala suerte. A pesar de haber jugado para más de una selección, nunca alcanzaron el galardón de participar en la Copa del Mundo. Es el caso de Alberto Spencer, centrodelantero goleador del Peñarol multicampeón de los 60. El ecuatoriano, casi desconocido en Europa, vistió además la casaca celeste. Pero el nivel futbolístico de su país y unos problemas de documentación en Uruguay obstaculizaron su presencia en el máximo torneo.

Alfredo Di Stefano es el claro ejemplo de que, para ser considerado el mejor del mundo, no es condición ineludible haber jugado un Mundial. La Saeta Rubia empezó a jugar en Argentina, cuya Selección integró, y después pasó a Colombia, en la época en que estaban desafiliados de la FIFA y contrataban jugadores sin pagar el pase. Pero su consagración definitiva le llegó en España. Fue el primero en desplegar el “fútbol total”. Cuentan que una vez rechazó sobre la línea de sentencia un balón que casi vencía la meta madridista. Del rechace de Alfredo nació un contraataque que terminó en gol del Real…convertido por Alfredo. Con la selección ibérica estuvo cerca de participar del Mundial 1962. De hecho, integró la lista pero no se recuperó a tiempo de una lesión y la temprana eliminación de la Roja lo dejó con las ganas. De los homenajeados en este artículo, es el que más cerca estuvo.

Pero el menos afortunado fue Ladislao Kubala. Integró los equipos de ¡tres selecciones nacionales! (Hungría, Checoslovaquia y España) y ni así llegó a jugar el Torneo. Víctima de los conflictos políticos típicos de la Guerra Fría, anduvo desparramando su futbol lleno de talento por los campo de Hungría, Checoslovaquia, España, Suiza y Canadá. Dirigió técnicamente a la Furia en Argentina’78.
A él, el trovador catalán Joan Manuel Serrat le dedicó estos versos:

En Pelé eran en Pelé
i Maradona un i prou.
Di Stéfano era un pou
de picardia.
Honor i glòria als qui
han fet que brilli el sol
del nostre futbol
de cada dia.

Tots tenen els seus mèrits;
lo seu a cadascú,
però per mi ningú
com en Kubala.

Es prega al respectable silenci,
que pels qui no l’han gaudit
en faré cinc cèntims:

La para amb el cap,
l’abaixa amb el pit,
l’adorm amb l’esquerra,

travessa el mig camp
amb l’esfèrica
enganxada a la bota,

se’n va del volant
i entra en l’àrea gran
rifant la pilota,

l’amaga amb el cos,
empenta amb el cul
i se’n surt d’esperó.

Es pixa al central
amb un teva meva
amb dedicatòria

i la toca just
per posa-la en el
camí de la glòria.

Visca el coneixement
i l’alegria del joc
adornada amb un toc
de fantasia.
Futbol en colors,
bocada de ‘gourmet’,
punta de ganxet,
canyella fina.

Permeteu-me glossar
la glòria d’aquests fets
com ho feien els grecs
uns anys enrera
amb la joia de qui
ha jugat al seu costat
i du el seu retrat
a la cartera.

La para amb el cap,
l’abaixa amb el pit,
l’adorm amb l’esquerra.

Este ha sido un juego de memoria. Seguramente en cada país habrá un futbolista que, a criterio de sus admiradores, hubiera merecido participar de un Mundial. Los invito, pues, a rescatar a esos héroes de la pelota, a aquellos que nos hicieron soñar con ser jugadores de fútbol, aunque la Copa del Mundo nunca los haya contado entre los suyos.

 

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2 comentarios en “Historias de ausentes ( II ) .

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