Fútbol y luto en Zaire.

Cuando alguien dice “el Congo Belga” se refiere a un lugar exótico, remoto, inaccesible, casi en las fronteras entre lo real y lo ficticio. Sin embargo, ese lugar existió, cambió varias veces de nombre y tuvo relación con el fútbol argentino.

En medio de África existía hasta 1885 el Reino del Congo, que fuera repartido entre Portugal, Francia y Bélgica. Este último sector se llamó Estado Libre del Congo y era propiedad privada del rey Leopoldo II. A partir de 1908, cambió de estatus y de nombre: pasó a ser colonia y a llamarse Congo Belga. En 1960 llegó la independencia y otro cambio de nombre. La ahora República Democrática del Congo entró en coqueteos con la URSS y sobrevino un golpe de Estado. El territorio pasó a llamarse Congo-Kinshasa. El general Mobutu se hizo del poder e inició una dictadura de las que, lamentablemente, el continente africano tiene en abundancia. El nuevo presidente renombró al país que pasó a ser Zaire y se hizo llamar Mobutu Sese Seko Ngbendu wa Za Banga, lo que significa el guerrero todopoderoso que, debido a su resistencia y voluntad inflexible, va a ir de conquista en conquista dejando el fuego a su paso. Cada cierto tiempo, convocaba a elecciones en las que era el único candidato.

(Ay, África, a veces me pregunto si alguna vez perdonarás al mundo por lo que te hizo)

El régimen; acusado de graves violaciones a los Derechos Humanos, culto a la personalidad y cleptocracia; buscó en el deporte la escoba para limpiar su imagen. Llevaron a Muhammad Alí a combatir con George Foreman por el título pesado en Kinshasa. En 1973, la selección de fútbol conquistó la clasificación para el Mundial ’74 y en el mismo año del Mundial, conquistó la Copa de África en Egipto, bajando a Zambia en dos partidos. La participación de los Leopardos en Alemania es más recordada por sus despropósitos que por alguna virtud futbolística.

 

 

Buscando aprovechar esa inercia, Zaire invitó a la AFA a enviar algunos equipos a jugar amistosos en África. Los voluntarios fueron Talleres de Córdoba y Temperley.

El equipo cordobés contaba con un plantel excelente, con tres futuros campeones del mundo. En 1977 se convertirían subcampeones nacionales y eran, sin duda, el mejor equipo provinciano de la época (ver El genio de la lámpara). Temperley, por su parte, era un conjunto modesto de la localidad homónima en el sur del Gran Buenos Aires. Acostumbrado a transitar por las divisiones de ascenso y, a la sazón, en Primera; aceptó gustoso la posibilidad de realizar una gira por el extranjero, hecho que raramente se podría repetir.

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La llegada de los futbolistas argentinos a Zaire fue un acontecimiento histórico. Los alojaron en una quinta residencial y les brindaron todas las comodidades. Incluso, uno de los jugadores cordobeses llevó a su flamante esposa y la gira ofició de viaje de bodas. Su mayor preocupación era que no les sirvieran mono asado, pues habían oído que ese era el manjar favorito de los congoleños.

La performance futbolística de los argentinos fue dispar. Talleres venció 1-0 al Imana y al Vita por el mismo marcador. Temperley cayó frente al Vita por 2-1 y ante la Selección zaireña por 1-4.

Después, se jugó un cuadrangular, la Copa República de Zaire. Los argentinos se enfrentaron con triunfo de Talleres por 3-2. Imana derrotó a Vita 2-1. En el partido por el tercer puesto, Temperley y Vita igualaron 2-2 y Talleres abatió 3-2 al Imana y alzó la copa.

Los medios africanos reflejaron el rendimiento argentino –especialmente el de Talleres – con términos altamente elogiosos. El periódico La Voix du Zaire publicó:

“Después de la visita del Santos de Pelé, nunca habíamos visto tan buen fútbol como con Talleres”.

Incluso el mediocampista Luis Ludueña, el recordado “Hacha” Ludueña fue calificado “el dios del fútbol” por el periodismo de Zaire.

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Los futbolistas dejaron el Continente Negro con satisfacción. El equipo blanquiazul de Córdoba había cosechado elogios y admiración; y el Celeste del Sur había llevado con dignidad el rol de partenaire. Pero se avecinaban días aciagos. Sin saberlo, llevaban al enemigo dentro de ellos.

A los pocos días de llegar, algunos viajeros comenzaron a mostrar síntomas preocupantes. Miguel Ángel Oviedo de Talleres, posteriormente integrante del plantel argentino en el Mundial ’78 y los jugadores de Temperley Benito Valencia y Oscar Suárez sufrían escalofríos, fiebre, sudor e intensos dolores de cabeza. La alarma se encendió, pues la sintomatología correspondía al paludismo.

Según los términos científicos, el paludismo o malaria es una enfermedad parasitaria muy grave, que se produce por esporozoarios del género Plasmodium y es transmitida al hombre a través de la picadura del mosquito Anopheles.

Los dos primeros afectados lograron sobreponerse. Pero el joven Suárez, de apenas 23 años, se agravó. El muchacho había llegado a Temperley el año anterior, a préstamo de Estudiantes de La Plata. Convirtió 8 goles en 16 partidos y el club sureño lo adquirió en forma definitiva.

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En los días siguientes, su cuadro clínico se complicó. Padecía horribles dolores musculares, problemas de coagulación sanguínea, shock, insuficiencia renal y hepática; mientras que los trastornos del sistema nervioso central lo volvían loco del dolor.

Los médicos se esforzaron como corresponde, pero el propio organismo de Oscar no podía hacer frente al mal. Finalmente, el 16 de febrero de 1976, pocos días después del regreso de África, Oscar Suárez moría.

Los medios se hicieron eco del drama por algunos días. Luego, otros temas fueron tapando la noticia y el propio mundo de la pelota dejó atrás la muerte de Suárez. Hoy en día, pocos son los que recuerdan este hecho luctuoso y absurdo; como son absurdas todas las muertes de los que mueren en plena juventud.

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Estas líneas son un breve y escaso homenaje a Oscar Suárez, un pibe argentino como tantos, con sueños de jugador de fútbol. Un sueño que lo llevó a explorar tierras exóticas y que, finalmente, le costó la vida.

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5 comentarios en “Fútbol y luto en Zaire.

  1. Fíjate qué casualidad que hace un rato – sin saber que escribiste sobre Zaire y la malaria- estuve mirando por la Red acerca de esas enfermedades tropicales (malaria, ébola, fiebre amarilla…). en los países más conflictivos de África (Sierra Leona, Mozambique, Liberia, Somalia…). La lotería no toca, pero estás casualidades sí ocurren.

    Lo del colonialismo en África es un tema de un salvajismo tremendo. España participó poco pero tuvo lo suyo. En los primeros bombardeos de la Historia con armas químicas estuvo presente España (realmente llevaba todo el peso Francia) en el Rif marroquí Envenenaron las aguas de la región rebelde y murió un montón de gente. Los europeos en África nos las gastamos muy muy feas, pero irónicamente -a pesar de monstruos como Leopoldo II y demás calaña- la población africana comenzó a multiplicarse exponencialmente gracias a las medidas higiénicas que aportaron los europeos en temas tan fundamentales como los partos. Con todo, lo peor del colonialismo europeo fue la descolonización que se hizo, dejando a etnias que se detestaban bajo una misma bandera, gobernadas a su vez por auténticos psicópatas como Mobutu, Bokassa, Obiang o Idi Amin.

    Lo del pibe Suárez la verdad es que el colmo de la mala suerte. Vas a hacer una gira a un continente desconocido y te vuelves infectado de muerte a tu tierra. Tuvo que ser un shock para la plantilla. No es una broma el África subsahariana, ni en cuanto a gente ni en cuanto a enfermedades.

    Un placer como siempre, Germán. Un abrazo.

  2. Hola, Alberto, una historia tristísima. Coincido 100 % en tu apreciación sobre el colonialismo. Te agrego que los americanos también nos beneficiamos con el trabajo esclavo. Los africanos resistían mejor las faenas que los indios, entonces los trajimos a trabajar para nosotros. En fin, homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre. Un abrazo

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