Un recuerdo envenenado

Los hallazgos de la memoria son caprichosos y solo parecen dejarse atrapar en escenarios de lucidez máxima, de ésos cercanos a la somnolencia, cuando cuerpo y mente se funden en un todo, y se nos permite navegar a través de ese líquido viscoso que es el mar de los recuerdos olvidados.

Ayer a la noche recordé, como un fogonazo, algo que no debía haber recordado. No porque lo recordado fuera un tabú o un olvido necesario sino porque su recuerdo me ha llevado a la búsqueda de una historia que acaba en tragedia.

Anoche se me aparecieron caras infantiles que no reconocería ya en su adultez actual; vi campos de tierra, sentí el olor a hierba y a reflex y sobre todo, oí al orondo presidente de mi equipo de fútbol de infancia, perpetuamente enfundado en su traje caro, dando vítores por el triunfo recién conquistado. Una vez y otra vez y otra vez más, aquel hombre recitaba su letanía en mi memoria con una nitidez casi hiriente. Hoy, a la mañana siguiente, aún sorprendido por semejante ataque de melancolía, invoqué su nombre al moderno oráculo de Delfos que es Google y me topé con una noticia de sucesos de Perú. La nota narraba como un español de 61 años, acuciado por las deudas, se suicidaba en el interior del Consulado español de Lima al más puro estilo decimonónico: un pistoletazo en la sien.

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