El fútbol y las feminazis

19 jun

Vivimos tiempos extraños. Algunos sociólogos hablan de que jamás Occidente fue tan libre como lo es hoy a la hora de decidir su futuro, pero a mí se me antoja estar viviendo en una especie de dictadura de guante blanco que castiga con mobbing sociológico a aquél que ose alzar la voz contra las bases de la corrección política sobre las que se asienta nuestra hipócrita sociedad. Hablar acerca de la desnudez del emperador nunca estuvo tan penado, a pesar de la gran cantidad de medios de comunicación existentes en nuestros días.

Una de esas dictaduras amables que gobiernan en las sombras sociológicas es el llamado hembrismo, también conocido en España como feminazismo. Esta deturpación del muy meritorio y elogiable feminismo campa a sus anchas a través de los mass media, sembrando el odio de género y retorciendo cualquier obra o palabra para que acabe desembocando en una culpabilidad exclusiva del varón. No voy a hablar aquí de la infame LIVG española porque no es el blog adecuado para ello, pero sí voy a tocar muy por encima el tema del fútbol femenino y el enfoque feminazi que hemos visto durante estas primeras jornadas del Mundial.

Las feminazis son incapaces de tomar una estadística e interpretarla en positivo, ellas viven de confrontar. Si ven que las licencias futbolísticas femeninas han aumentado, no lo aplaudirán sino que llorarán porque las licencias de varones han crecido aún más y la opresión heteropatriarcal es cada vez más evidente. Si notan que algunas futbolistas empiezan a ganarse la vida dándole patadas a un balón, no saldrán orgullosas a presumir de la hazaña sino que se quejarán amargamente de que los hombres cobren mucho más que ellas. Además, si la audiencia televisiva ha aumentado en los partidos de la selección española femenina, las feminazis ibéricas lejos de alegrarse, afirmarán sin sonrojo que los telespectadores desprecian a las mujeres debido a que apenas han seguido el Mundial femenino….y, señores, por ahí sí que no paso. Me niego a ser un machista por activa o por pasiva, por acción o por omisión. Por ello hablaré en pocas palabras de lo que opino del fútbol femenino tras ver este Mundial, y lo haré sin ambages de género, juzgándolo sin filtros sociales ni eufemismos baratos….así que ahí va: ME ENCANTA QUE LAS MUJERES JUEGUEN AL FÚTBOL PERO EL FÚTBOL FEMENINO ES DE UN NIVEL PÉSIMO. ¿Ya soy oficialmente un cerdo machista? ¿Sí? Pues continuemos….

El motivo por el que no se ve el Mundial femenino es porque tiene un nivel inferior a Regional Preferente (quinta división española) y no porque las practicantes sean chicas. ¿Alguien estaría dispuesto a verme a mí jugando un campeonato con futbolistas amateurs del resto del mundo? Me imagino que muy pocos me verían, y nadie esgrimiría el género como excusa.

A la mujer se le ha de apoyar para que pueda dar todo lo que lleva dentro, en el deporte, en el trabajo y en la vida, pero no tratarla como si fuera una adolescente perpetua, haciéndole creer que sus fracasos son debidos exclusivamente a la sociedad y no a una carencia propia. Así solo conseguiremos una mujer infantilizada y absurda que vive en un permanente estado de rencor hacia el varón, así solo lograremos seguir engordando este bucle de mentiras, relativismo y autoengaño que es la sociedad “libre” del siglo XXI.

Carlovich: cuando la memoria se hace épica

10 jun

Cuentan los Antiguos que hubo un jugador que fue el mejor de todos. Se dice de él que no tuvo parangón, que no hubo ni hay ni habrá otro que lo iguale. Dicen que prefirió mostrar su juego majestuoso lejos de los rascacielos de la Gran Manzana y de los boulevards de la Ciudad Luz. Eligió quedarse entre el río y la pampa y, cuando se alejó un poco para jugar a la sombra de los Andes, enseguida pegó la vuelta. Pocos fueron testigos de su maestría, apenas los que frecuentaban las polvorientas canchas de la 1ªC; pero todos los que lo vieron juran que el fútbol en sus pies adquiría tonalidades y colores, como si el campo de juego fuera un lienzo y su empeine zurdo, un pincel.

Se llamaba Tomás Felipe Carlovich y, como no podía ser de otra manera, era rosarino.

Tal vez, su nacimiento cumpliera una profecía: era el séptimo hijo de sus padres. En los potreros y campitos del Barrio Belgrano fue creciendo el jugador. Descalzo y con la pelota de trapo, fue incorporando destrezas y picardías. Los Hados de la Pelota fueron generosos con él. Le dieron el Exquisito Dominio del Cuero, para que el balón quisiera estar siempre con él. Le revelaron el Secreto de la Pegada Perfecta, para que sus pases llegaran siempre a destino. Le enseñaron el Conjuro del Doble Caño, para que la muchedumbre lo admirara en los tablones. Lo dotaron con el Entendimiento Completo del Juego, para que siempre supiera qué convenía hacer durante los partidos. Finalmente, le dieron un nuevo nombre: Trinche.

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Su leyenda llega a nosotros a través de testimonios orales, profanados por las hipérboles y asolados por recuerdos engañosos.

Ser rosarino es una forma exagerada de ser argentino, dijo Valdano. Y hay en esa ciudad una escuela particular de fútbol, identificada con la gambeta, la técnica, un fútbol de movimientos lentos. El Trinche desarrolló su juego en esa concepción y lo llevó a tal grado de perfección que se transformó en un ícono de Rosario. “Encarnó el gen rosarino que hoy Messi muestra al mundo” dijo de él nada menos que César Menotti. Para la gente, es “el Maradona que no fue”, la estrella que prefirió el barrio al dinero. El mismo Diego, cuando llegó a Newell’s, declaró: “El mejor del mundo ya jugó en Rosario y era un tal Carlovich.”

A los 15 años se incorporó a Rosario Central. Estuvo en las divisiones inferiores, con un breve interregno en Sportivo de Bigand, un equipo de la Liga del Sur de la provincia de Santa Fe, adonde fue a préstamo. Es allí donde se empieza a crear el interminable anecdotario del Trinche.

“Una tarde de mucho calor, en Bigand, se llevó la pelota hasta el único sector de la cancha donde no daba el sol e hizo que sus compañeros se acercaran. Estuvieron como diez minutos tocando ahí sin salir de la sombra. “

Volvió a Central y en 1969 jugó su primer partido en Primera. Pero algo ocurrió y repentinamente quedó libre. Hombre de códigos, no quiere contar qué pasó. “Si no lo conté en ese momento, ahora no corresponde”. Defendió otras camisetas: Flandria, en 1º C; Independiente Rivadavia y Deportivo Maipú en Mendoza y Colón de Santa Fe. Pero su lugar en el mundo fue Central Córdoba, el club que fue cuna de eximios gambeteadores como Gabino Sosa y Vicente de la Mata. Debutó con dos goles. Estuvo en 4 etapas (1972-1974; 1978; 1980-1983 y 1986) y con su concurso, Central Córdoba consiguió 2 ascensos a la segunda división. Fueron 236 partidos y 28 goles con la casaca azul y roja.

Jugó apenas 4 partidos en la máxima división argentina, pero eso no impidió que grandes personalidades del fútbol argentino lo admiraran.

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“Fue un jugador maravilloso”, dijo Peckerman.

“Fue el último romántico”, opinó Jorge Valdano.

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“Sus movimientos iban en contra de la ley de gravedad”, comentó Carlos Aimar.

“Al marcarlo, el tipo desaparecía por cualquier lado y se llevaba la pelota con él”, decía Carlos Griguol.

Lito Bottaniz, aquel marcador que se quedó afuera del Mundial ’78 diez días antes del primer partido, lo recuerda así: “Jugar contra él era, a la vez, un suplicio y un placer”.

Alto y aparentemente lento, era un volante central elegante, virtuoso y algo displicente. Un poco como Redondo, un poco como Riquelme. Jugando a media máquina, le alcanzaba. Usaba las medias bajas, sin canilleras. Su jugada distintiva fue el caño de ida y vuelta. Le hacía un túnel al defensor, lo esperaba y le hacía otro. Dicen que lo hacía complaciendo pedidos de la tribuna. Pateaba los penales sin tomar carrera. Cabeceaba muy bien, aprovechando su estatura.

El momento clave de su vida fue el 17 de abril de 1974. La Selección Nacional que se preparaba para el Mundial de Alemania se presentó en cancha de Newell’s contra un Combinado Rosarino. El entrenador blanquiceleste, Vladislao Cap, alineó a Santoro, Wolff, Togneri, Sá y Tarantini; Brindisi, Telch y Aldo Poy; Houseman, Potente y Bertoni. El conjunto rosarino, que lució camiseta roja, estuvo integrado por 5 jugadores de Rosario Central (Biasutto, Jorge González, Mario Killer, Aimar y Kempes) y 5 de Newell’s (Pavoni, Capurro, Zanabria, Robles y Obberti). Para cubrir la 11ª plaza, Griguol y Montes, los seleccionadores rosarinos designaron a Carlovich, que ya jugaba en Central Córdoba.

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La Selección esperaba un partido tranquilo, una exhibición ante un equipo improvisado. Pero, a la manera del predestinado que derrota al monstruo y se transforma en héroe, el Trinche tomó el mando de su equipo y, al compás de su juego mágico, los rosarinos le dieron al equipo nacional un baile inolvidable. La actuación fue Carlovich alcanzó tal nivel que Cap le pidió a sus colegas rosarinos que lo sacaran. Fue 3-1, con goles de González, Obberti y Kempes. Otro rosarino, Aldo Poy, descontó para el representativo nacional. Hoy en día, hay tantos rosarinos que juran haber presenciado ese partido que, si todos dijeran la verdad, la cancha de Parque Independencia debería ser más grande que el Maracaná…

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El ciclo del Trinche se nutre de mil anécdotas que, sin pretensión de veracidad, dibujan la imagen del héroe puro, el que no se dejó contaminar por la ambición. En los corrillos rosarinos, los mitógrafos narran entre risas y nostalgia sus hazañas.

“En la víspera del Día de la Madre, tenía un partido en Mendoza. Para llegar a tiempo al micro para Rosario, se hizo expulsar en el primer tiempo”

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“Menotti lo citó para la Selección, pero el Trinche se colgó pescando en la Costanera, no fue a entrenar y se perdió la convocatoria”

“Estaba por viajar con la reserva de Central y 15 minutos antes de salir, desapareció. Lo encontraron jugando un picado en potrero”

“En una concentración, dijo que iba a comprar la Patoruzito (revista de historietas) y no volvió más”

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Cuando jugaba el Trinche, se juntaba gente de todos los clubes para verlo. Para un partido Los Andes-Central Córdoba, se olvidó la cédula de identidad. La misma directiva rival aceptó que jugara. “Una vez que viene, lo queremos ver jugar”, argumentaron. En otra ocasión, un referí lo expulsó, pero el público armó tanto lío que el colegiado se retractó y le permitió seguir.

En Mendoza, se sentó arriba de la pelota. En la ciudad cuyana, donde lo apodaban el Gitano o el Rey, cuando había un tiro libre, la hinchada empezaba a gritar gol antes de que pateara.

Desechó ofertas del Milan y del Cosmos. Aunque, con respecto a este último, dicen que fue Pelé el que le bajó el pulgar, temeroso de que el talento del Trinche lo opacara.

Sus contemporáneos lamentan que no haya llegado. Pero él contesta: “¿Qué es llegar? La verdad es que yo no tuve más ambición que jugar al fútbol. Y, sobre todo, no alejarme mucho de mi barrio. Soy una persona solitaria, cuando jugaba me gustaba cambiarme solo, en la utilería.”

Como dijo Menotti, le gustaba más jugar al fútbol que ser profesional.

Le tocó una época brava, donde las consecuencias del Desastre de Suecia aún se sentían. Los técnicos preferían la capacidad atlética por sobre el talento. En cambio, Carlovich jugaba porque le gustaba, porque se divertía, porque transformaba los partidos oficiales en partidos de potrero. Siendo profesional, jugaba los torneos informales con sus amigos, en los campitos rosarinos.

Hoy, el hombre tiene cosas para decir. Niega que le gustara la vida nocturna. No acepta que ahora la demostración de habilidad sea considerada una falta de respeto. “Si esto es un espectáculo”, dice.

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Recuerda: “Yo tuve otro partido parecido al de Rosario. Fue con el Combinado Mendocino contra el Milan de Italia. Les ganamos 3-1 también. “

Y demuestra tener bien clara la escala de valores “A la selección de Mendoza la dirigía el Nene Fernández (otro rosarino). Gran jugador… y gran persona, que es más importante”.

“Muchas de las cosas que se cuentan de mí no son ciertas. A los rosarinos les gusta contar cuentos. Algún caño de ida y vuelta habré hecho, pero no es para tanto”

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No lamenta no haber jugado en primera. “Yo disfruté mucho. A veces, no se da”.

Hoy, el héroe extraña sus horas de jugador. Se emociona cuando alguien le dice “Esta noche juega el Trinche”, el lema de sus admiradores. Y declara que le queda un sueño por cumplir: “Estar 10 minutos dentro de una cancha, disfrazarme de jugador otra vez y jugar. Si me ofrecen eso y me dicen que después me tengo que morir, firmo tranquilo”

La leyenda dice que cuando los Hados lo dotaron, le hicieron una advertencia.

“Jugarás, Trinche, tu nombre volará en alas de la fama más allá de Rosario y trascenderá las fronteras. Los rivales temerán tu gambeta y tus compañeros se sentirán a salvo cuando tengas la pelota en tu poder. Pero cuida que nunca se filmen tus jugadas. En cuanto sean televisadas, tu talento desaparecerá irremediablemente”

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Eso explica que no se conserven registros fílmicos de su carrera. Es una suerte. En el recuerdo, el héroe siempre es más grande que en la realidad. Podemos imaginarlo como queramos: habilidoso, genial, inalcanzable. Cualquier proeza que le adjudiquemos podrá ser cierta. Con lo tangible, se escribe una historia. Pero con los recuerdos, se construye una épica.

La selección fantasma

1 may

El de la Selección Fantasma es uno de los episodios más comentados en los círculos de memoriosos del fútbol. Es la historia de un equipo seleccionado que se aisló en condiciones indignas de futbolistas profesionales y que luego fue olvidado. Como ocurre siempre, la tradición oral ha recogido las hazañas de los héroes y la perfidia de los villanos con reduplicaciones, hipérboles y tergiversaciones, de tal modo que el límite entre ficción y realidad se vuelve difuso.

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Ocurrió en 1973, el año del último alunizaje (Apolo 17), del fin de la Guerra de Vietnam y del golpe de estado de Pinochet en Chile. El año del retorno de Perón a su país tras 18 años de exilio. También es el año de nacimiento de Javier Zanetti y Roberto Carlos y de la muerte de J.R.R. Tolkien y Nino Bravo.

En el mundo de la pelota, brillaba Johann Cruyff y el Ajax se consagraba campeón de Europa por tercera vez consecutiva. En América del Sur, Independiente retenía la Copa Libertadores de América y, en noviembre, ganaría la Intercontinental por primera vez, al derrotar a la Juventus con gol de un joven promisorio llamado Ricardo Enrique Bochini. En el fútbol doméstico, de alguna manera empezaba a gestarse el campeón mundial de 1978: un novel entrenador rosarino conocido como César Luis Menotti guiaba a Huracán hacia su único título profesional. Fue un equipo espectacular, el último en jugar con 5 delanteros: Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa, apuntalados por la veteranía y la sapiencia de Coco Basile y Carrascosa. Se lo recuerda, simplemente, como el Huracán del ’73, y con eso basta.

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Como todo año previo a la Copa del Mundo, estaba lleno de expectativas. En Argentina, la tensión era muy fuerte: el equipo albiceleste había sufrido la eliminación para el Mundial del ‘70 y la clasificación para el torneo que se disputaría en Alemania era imperativa, sobre todo porque era el anterior al que se organizaría en la nación sudamericana.

La Selección Argentina estaba a cargo de una gloria del balompié mundial: Enrique Omar Sívori. El ex astro de River y la Juventus había tomado el cargo ese mismo año, sucediendo a Juan José Pizzutti.

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El año internacional comenzó con una gira con resultados irregulares. En el Estadio Azteca, México la derrotó 2-0 con un tanto del ídolo Enrique Borja. Días más tarde, dieron el batacazo en Munich. Derrotaron a la Mannschaft de Beckenbauer por 3-2, con un recordado gol de tiro libre del Beto Alonso. La gira cerró con un pálido empate en un gol con Israel en Tel Aviv, con un penal detenido por el arquero argentino Carnevali.

Antes de las Eliminatorias, Argentina empató dos veces con Uruguay (ambos 1-1, uno en cada país), derrotó a Chile 5-4 en casa y cayó 1-3 de visitante y venció 3-1 a Perú en Buenos Aires.

Las tres plazas sudamericanas para Alemania’74 serían disputadas por 8 selecciones. Brasil ya estaba clasificado como defensor del título. Venezuela decidió no participar. Se formaron 3 grupos. Argentina quedó encuadrada en el grupo 2, junto a Paraguay y Bolivia. Por cuarta vez, se encontraría con el país altiplánico y los temidos 3.600 metros sobre el nivel del mar. Es bien sabido que el equipo boliviano se hace fuerte en La Paz, aprovechando los efectos de la altitud. La menor concentración de oxígeno causa agitación, taquicardia y dolores de cabeza; así como la presión atmosférica menguada hace que la pelota viaje más rápido. En la clasificación para el Mundial de México, Bolivia había triunfado 3-1, resultado decisivo para la eliminación de Argentina. Con esos antecedentes, dirigentes y cuerpo técnico decidieron planificar cuidadosamente la excursión a la sede del gobierno boliviana. Tras practicar exámenes médicos a los jugadores del equipo nacional, se determinó la formación de dos grupos. El principal, disputaría los tres partidos a nivel del mar. El especial, mientras tanto, se concentraría en el norte argentino para adaptarse a la altura y jugaría el partido en La Paz. Solo que una vez instalados en Tilcara, quedaron en tal estado de abandono que los periodistas la bautizaron la Selección Fantasma.

Entre los miembros de la Selección Fantasma hay nombres que dejarían huella en la historia del balompié criollo. Los arqueros eran Ubaldo Fillol (Tres Mundiales, Campeón del Mundo en 1978, gloria del deporte nacional) y Jorge Tripicchio. Los defensores, Rubén Glaria (mundialista en 1974), Osvaldo Cortés (de larga carrera en España), Néstor Chirdo, Jorge Troncoso y Daniel Tagliani. La lista de mediocampistas estaba integrada por Reinaldo “Mostaza” Merlo (539 partidos en River Plate), Rubén Galván (campeón del Mundo en 1978), Marcelo Trobbiani (campeón del Mundo en 1986) y Ricardo Bochini (campeón del Mundo en 1986, gloria del deporte nacional). Para el ataque, se seleccionó a Oscar Fornari, Mario Kempes (3 mundiales; campeón del Mundo, goleador y figura en 1978), Aldo Poy (prócer de Rosario Central, autor del famoso gol de palomita, mundialista en 1974) y Juan Rocha (más tarde ídolo del Panathinaikos).

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El 19 de agosto de 1973, el equipo especial se embarcó en un vuelo hacia San Salvador de Jujuy. Y al llegar, continuaron viaje en bus hasta la localidad de Tilcara, a 2465 m sobre el nivel del mar.

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Mientras tanto, el grupo principal se partía hacia un destino mucho más halagüeño. Encaraba una gira por España. Allí enfrentaron al Atlético de Madrid (1-1); Málaga (4-3); Las Palmas (1-2) y Ujpesti Dosza (2-0). Este plantel fue acompañado por 3 dirigentes de la AFA. La Selección fantasma comenzó a padecer la desatención dirigencial.

* Los jugadores partieron sin arreglar el aspecto monetario. AFA pagaría los sueldos, pero no premios, excepto por triunfar en los amistosos.

* En cuanto a éstos, solo se habían pactado dos, pero los mismos jugadores se vieron en la necesidad de jugar más; tanto para prepararse mejor como para pagar alojamiento y comida.

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* Según el testimonio de Kempes, la comida era muy mala: “Tirábamos para arriba el puré y quedaba pegado al techo; la carne era dura” El transporte era terrible: viajaron hasta Arequipa (Perú) en tren, en un viaje más propio de mochileros que de atletas. El ferrocarril tenía asientos de madera y los jugadores padecieron dolores musculares por la incomodidad.

* La ropa para entrenamiento y partidos apareció tres días antes de viajar, gracias a una gestión del entrenador, Miguel Ignomiriello.

* El mismo Ignomiriello logró, tras mucho insistir, que un dirigente (Dante Livi) aceptara presidir la delegación. Ninguno quería acompañar a los jugadores a ese destino.

* Reinaldo Merlo se marchó a los pocos días. No aguantó las condiciones de trabajo.

Los jugadores apelaron a su hombría y aguantaron sin chistar. Jugaron los siguientes amistosos:

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En Argentina:

* Jujuy (1259 msnm), vs. Liga Jujeña, 0-0

* La Quiaca (3442 msnm), vs. Liga Puneña, 5-2

En Perú:

* Cuzco (3399 msnm), vs. Cienciano, 1-0

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* Arequipa (2335 msnm), vs. Melgar, 1-0

* Puno (3827 msnm), vs. Alfonso Ugarte, 4-3

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En Bolivia:

* Oruro (3735 msnm), vs. San José, 3-1

* Potosí (3900 msnm), vs. Independiente Unificada, 3-1

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Entretanto, el equipo principal empezaba el proceso clasificatorio venciendo a Bolivia 4-0 en Buenos Aires y empatando 1-1 con Paraguay en Asunción.

Llegó el día del partido en La Paz. Sobre lo ocurrido en ese momento hay mucha controversia. Hay quienes dicen que Sívori ignoró lo planeado y alineó los jugadores del plantel principal. La realidad es que el plan no se cumplió del todo; pero tampoco se desestimó por completo.

Ignomiriello salió al campo como entrenador. Pero el equipo inicial incluyó 7 miembros de la Selección Fantasma y 4 del grupo principal (Carnevali, Bargas, Telch y Ayala). La formación fue Carnevali; Glaria, Bargas, Tagliani y Cortés; Rubén Galván, Telch y Poy; Fornari, Kempes y Ayala. Más tarde, ingresaron Bochini y Trobbiani. El equipo fantasma se sintió traicionado. Habían sufrido increíbles privaciones, pero a la hora de jugar, no recibieron el trato prometido.

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A los 18 minutos del primer tiempo, el fantasma Fornari metió un gol de cabeza y Argentina se dedicó a defenderlo.

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Fueron muchos minutos en el que Bolivia estuvo cerca de empatar. El partido terminó 1-0 y la Selección quedó con un pie en Alemania.

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La clasificación llegó 7 días después, con victoria 3-1 sobre Paraguay.

La AFA reconoció tardíamente el esfuerzo de la Selección Fantasma y le pagó el mismo premio que al resto del plantel.

La realidad es que Bolivia tenía un equipo muy flojo. Paraguay también lo había vencido en la altura (2-1). Y perdió ambos partidos de visitante por el mismo marcador: 0-4. Es decir, que no es posible asegurar que el triunfo haya sido fruto del trabajo realizado en esas condiciones tan sacrificadas o por el bajo nivel del adversario.

En los otros grupos, Uruguay dejó atrás a Colombia y Ecuador. Chile superó a Perú en 3 partidos y enfrentó en la repesca a la URSS. Se trata de ese conocido episodio de la incomparecencia soviética en Santiago y los jugadores chilenos haciendo un gol ante un rival inexistente.

Los argentinos festejaron la clasificación y no jugaron ni un solo partido más hasta el año siguiente. Sívori fue cesado en su cargo y lo reemplazó un triunvirato integrado por Vladislao Cap, Víctor Rodríguez y Puchero Varacka. El paso por Alemania ’74 fue lastimoso. Solo se ganó un partido (Haití, 4-1) y se padeció contra la Naranja Mecánica (0-4).

Muchos de los sufridos integrantes de la Selección Fantasma nunca volvieron a vestir la casaca nacional. Solo cuatro formaron parte del plantel mundialista en la nación germana: Glaria, Poy, Fillol y Kempes.

Para terminar, cederé a la tentación de citar a Diego Lucero. En una nota publicada en 1973, narró que en una reunión informal se le preguntó a Francisco “Cañoncito” Varallo, mundialista en 1930:

-Che, Cañoncito, y cuando ustedes jugaban en La Paz ¿cómo hacían con la altura?

A lo que Varallo contestó con inocencia:

-En aquel tiempo no había altura.

Con lo que quería decir que, convencidos de su propio valer, los jugadores de su tiempo no consideraban a la altura como un problema.

Con esto no queremos decir que no haya que planificar ni prepararse adecuadamente para jugar en condiciones fuera de lo común. Significa que a la prudencia hay que sumarle la conciencia de los propios talentos y no exagerar el temor a los contrarios. En definitiva, sin buenos jugadores no hay altura que valga. En la cancha son siempre once contra once.

Mientras tanto, homenajeamos a esos jugadores que aceptaron vivir en condiciones impropias, convencidos de que lo que el objetivo valía la pena. Y una rotunda reprobación a los que los abandonaron a su suerte.

El manco Casa

31 mar

Antes de dedicarse a la política, el actual gobernador de la Provincia de Buenos Aires y aspirante a la Presidencia de la Nación, Daniel Scioli, cultivaba la motonáutica.

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Durante una regata, tuvo un accidente con su lancha y, como consecuencia, perdió el brazo derecho. Hace pocos días lo vi jugar futsal en un equipo llamado Villa La Ñata.

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En una jugada insólita, el referí le cobró “mano”. El gobernador protestó: “¡Justo a mí me cobrás mano!”, dijo mientras señalaba el espacio vacío del miembro faltante. Pero la repetición televisiva no dejó dudas: Scioli había controlado la pelota con el muñón. Este episodio, ciertamente de humor negro, me trajo el recuerdo del Manco Castro y su actuación en el primer Mundial, comentada en estas páginas. También recordé los hechos que narraré a continuación, trágicos y emocionantes a la vez.

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La década de los años ’60 son recordados por la profusión de cambios: los Beatles, las minifaldas, los hippies, la carrera espacial, la Guerra Fría. El fútbol no podía ser ajeno a esas revoluciones y así como es la década del reinado de Pelé y de gloriosos príncipes como Garrincha, Uwe Seeler, Bobby Charlton, Lev Yashin, Just Fontaine, Luis Suárez y Eusebio; también produjo tipos futbolísticos marcados por la rebeldía y la vida alegre, cuyo paradigma es el recordado George Best.

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Esta es la historia de un jugador argentino, cuyo éxito en las canchas y su correlato en la vida social le trajeron consecuencias irreparables; aunque no impidieron que siguiera haciendo lo que mejor sabía hacer: jugar a la pelota.

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El protagonista de hoy se llamaba Victorio Francisco Casa. Había nacido en la costera ciudad de Mar del Plata el 28 de octubre de 1943.

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Muy joven se inició futbolísticamente en Deportivo Norte, club de la Liga Marplatense.

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Jugaba de wing izquierdo. Allí estuvo hasta los 18 años, cuando decidió ir a probar suerte en la Capital. Lo fichó San Lorenzo de Almagro para que jugara en sus divisiones inferiores. Un año más tarde, en septiembre de 1962, hizo su presentación en el primer equipo del Ciclón, frente a Ferro Carril Oeste. El club de Boedo estaba transitando un momento de transición, después del campeonato logrado en 1959. Su principal figura, José Francisco Sanfilippo, ya no jugaba en el club y se estaba formando un equipo nuevo.

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A Casa le llevó un par de años afianzarse, hasta que llegó su gran año: 1964. El técnico José Barreiro formó un plantel de canteranos muy jóvenes, muy hábiles y muy despreocupados. La hinchada los amó y los bautizó Los Carasucias. Jugaban muy bien, daban espectáculo en el campo y se divertían fuera de él. Las mujeres morían por ellos. Eran Narciso “Loco” Doval, Héctor “Bambino” Veira, Fernando “Nano” Areán, Roberto “Oveja” Telch y Victorio Casa.

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Casa se distinguió por su habilidad y su gambeta. Ese mismo año, integró la Selección en un torneo jugado en Brasil, la Copa de las Naciones. Argentina iba para salir último cómodo; pero, sorpresivamente, salió campeón tras derrotar a Portugal 2-0, al Brasil bicampeón del Mundo 3-0 y a Inglaterra 1-0. Victorio formó parte del plantel sin jugar, pero el éxito lo alcanzó igual.

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Eran días felices. Después del fútbol, los jóvenes atletas prolongaban las veladas en los lugares más señalados de la noche porteña y en la mejor compañía.

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En la ciudad de Buenos Aires hay algunas zonas, sobre todo en el sector norte, que los lugareños suelen llamar con picardía “Villa Cariño”. Son calles oscuras, arboladas y serenas, cercanas al Río de la Plata, donde acostumbran estacionar sus automóviles las parejas de enamorados para “mejor cosechar el beso que crece en la penumbra”, como diría Dolina. Los bosques de Palermo, la Costanera, las inmediaciones del Estadio de River Plate son algunos puntos donde el ambiente promete intimidad.

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También cerca del Monumental, hay un edificio cuya fama siniestra ha trascendido nuestras fronteras. Se trata de la tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En los años ’60 era una instalación de la Marina de Guerra destinada a la formación de los aspirantes navales. Como es sabido, durante la Dictadura cívico-militar de los ’70-’80 fue utilizado como centro clandestino de detención, el más emblemático de todos.

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En el alambrado que lo circunda abundaban los carteles amenazantes: ZONA MILITAR. NO ESTACIONAR NI DETENERSE. EL CENTINELA ABRIRÁ FUEGO.

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Hacia allí se encaminó Victorio Casa la noche del 11 de abril de 1965, en agradable compañía femenina. Estacionó su coche y buscó en la radio una emisora que transmitiera música romántica. Eligió una que estaba tocando “Inolvidable”, de Tito Rodríguez. Un guardia, cuyo nombre nunca trascendió, lo vio, le dio la voz de alto y, al no obtener respuesta, le disparó una ráfaga de ametralladora. Los balazos atravesaron la carrocería y le dieron en el brazo. Fue un momento de desesperación, pues la hemorragia era terrible. Le salvó la vida un taxista que lo reconoció y lo llevó al Hospital Pirovano.
Lo operaron de urgencia; pero las heridas eran graves y los médicos no tuvieron otra opción que amputarle el brazo derecho. Su habitación de hospital se llenó de amigos que venían a brindarle su solidaridad. Jugadores, periodistas, actores y actrices pasaron a visitarlo y a asistirlo en su convalecencia.
A pesar de tamaña desgracia, Victorio no perdió ni su buen humor ni las ganas de jugar. Uno de sus compañeros le preguntó en la misma habitación del hospital qué iba a hacer cuando volviera a las canchas. “¡Amontonar gente!” contestó, “¡Ahora nadie va a poder agarrarme de la manito!”
La Armada se hizo cargo de todos los gastos y le proporcionó un brazo ortopédico.
El 25 de mayo de 1965, 45 días después del accidente, volvió a jugar, causando gran emoción en sus partidarios y un dilema para los defensores de Banfield, su rival de turno. “Sentimentalmente, es un problema marcarlo, lo tendría que dejar libre. Pero debo jugar fuerte”, confesó Carlos Álvarez.

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Victorio reconoció luego que sus adversarios nunca le tuvieron contemplaciones, que incluso se burlaban de su deficiencia. Pero él se la aguantaba. De la misma manera soportó las bromas pesadas de sus compañeros, aquellos para quienes la vida era una fiesta sin pausa. Una vez pidió que le ataran los cordones de los botines. Él no podía hacerlo. Alguien simuló ayudarlo, pero lo que hizo fue atarle los cordones del zapato derecho con los del izquierdo y Casa quedó inmovilizado en el vestuario, mientras todos los otros salían al campo. El referí Pestarino contaba una y otra vez los jugadores de San Lorenzo, mientras Veira y los suyos se morían de la risa. Durante los partidos, le daban el balón para que efectuara los saques de banda. Le robaban el brazo artificial y se lo escondían en los lugares más ruines.

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Intentó jugar con la prótesis, pero le representaba un peso muerto que lo cansaba mucho, así que lo descartó. Casa siguió jugando con un solo brazo, aunque esto afectó seriamente su equilibrio. En 1966 fue transferido a Platense, donde solo jugó en la reserva. Ya con sus capacidades visiblemente mermadas, partió a la aventura norteamericana, donde militó en la incipiente NASL. Integró las filas de dos equipos de Washington, los Whips en 1968 y los Darts en los dos años siguientes.

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Volvió a la Argentina para retirarse en 1971, jugando para Quilmes.
Se alejó del fútbol, salvo una breve experiencia como director técnico en su ciudad natal. Trabajó como taxista, vigilante en el casino, tuvo varios negocios. Cayó en la bancarrota y volvió a empezar. Salvó a dos personas que se ahogaban en el mar. Siempre afirmó que las satisfacciones más lindas las tuvo después de perder el brazo. El 6 de junio de 1993, a los 63 años, falleció en Mar del Plata.
No fue un jugador descollante. Su accidente fue, a la vez, causa de su declive y motivo de su fama. En la historia del balompié, su nombre será recordado como el de un hombre que no se rindió y que vivió su desgracia con la misma actitud desprejuiciada con que encaró la vida.

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El error de Ernesto Grillo

1 mar

“Los Refutadores de Leyendas han sostenido siempre que toda la Naturaleza puede expresarse en términos matemáticos. Lo poco que queda afuera no existe. Así, esta comparsa racionalista se ha esforzado, utilizando cifras, vectores y logaritmos, en representar cosas tales como el tango El entrerriano o los celos de las novias de la calle Artigas. Cuando fracasaban, simplemente declaraban superstición lo que no conseguían encuadrar en sus estructuras científicas. Existía un minucioso catálogo de cosas inexistentes que se actualizaba cada año. Allí figuraban los sueños, las esperanzas, el hombre de la bolsa, el alma, el ornitorrinco, el catorce de espadas, el Ángel Gris de Flores, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses, la generala servida y la angustia.”

La ciencia en Flores; Crónicas del Ángel Gris

Alejandro Dolina

¿Qué tiene ese gol de Grillo para que pertenezca más al mundo de la leyenda que al de la historia? ¿Por qué habita en el inconsciente colectivo de los fanáticos argentinos? ¿Acaso su excelsa calidad lo instaló para siempre en la memoria futbolística nacional? ¿O su valoración crece porque se lo convirtió a Inglaterra? ¿Quién fue Ernesto Grillo? ¿Cuál fue su error?

Ernesto Grillo era crack. Y lo demostró desde su nacimiento: igual que Pelé y Maradona, nació en octubre. El 1 de octubre de 1929. Era una familia numerosa en miembros y escasa en billetes. Ernesto tuvo que trabajar desde pequeño. Recién a los 17 se acercó al fútbol. A esa edad llegó a los juveniles de River Plate. Estuvo un año jugando de wing derecho; pero el puesto no le gustaba. Sentía que la raya lo asfixiaba. Buscó otros rumbos y desembarcó en Independiente. En el club de Avellaneda le dieron la casaca de los genios: la 10. El 24 de abril de 1949 debutó en la primera.

La hinchada de Avellaneda lo idolatró enseguida. Tenía un manejo extraordinario del balón, potencia e inteligencia. Y una guapeza sin límites. Un entrenador de Racing les dio un día a sus defensores la siguiente instrucción: “No tocar a la Bestia”. Porque cuanto más le pegaban, más jugaba. Y eso que usaba las medias caídas, sin espinilleras y los defensores de entonces no eran precisamente tímidos a la hora de pegar.

Los Rojos formaron en aquellos primeros años de la década del ’50 una delantera brillante, de esas que se repiten de memoria: Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz. Ellos combinaban oportunismo, despliegue, inteligencia, habilidad y velocidad. Daban espectáculo en cada estadio argentino. La hinchada de Independiente, jubilosa, los aclamaba con el grito de “¡Al Colón! ¡Al Colón!”, en alusión al teatro más importante de Buenos Aires. Y, aunque el campeonato se les negaba, la consagración les llegaría en mayo de 1953 con otra camiseta.

rojo

Pocas semanas atrás recordábamos la primera visita a Wembley de la Selección Argentina y la fenomenal actuación del arquero Rugilo, el León de Wembley. Pues bien, en esa entrada resaltamos la importancia cultural que tiene Inglaterra para los argentinos. Y en esa época más aún, ya que el peronismo gobernante caracterizaba al colonialismo inglés como responsable del atraso y la desigualdad social en nuestro país. Perón acababa de nacionalizar los ferrocarriles, hasta ese momento en manos de empresas inglesas, y ahora pretendía derrotarlos en fútbol. Deportivamente, era una muy buena oportunidad de medir la realidad del balompié nacional, muy aislado al no competir en el Sudamericano de 1949 ni en el Mundial de 1950, ambos jugados en Brasil.

Para 1953, se programaron dos partidos con la selección inglesa como revancha de aquel jugado dos años antes.

El plantel inglés estaba conformado por 18 jugadores, entre los que se contaban Alf Ramsey, Billy Wright y Nat Lofthouse. Su entrenador era Walter Winterbottom. Apenas llegaron, los invitaron a presenciar un partido de 1ºB: Atlanta contra Argentinos Juniors.

Finalmente, el jueves 14 de mayo de 1953 se presentaron en la cancha de River, llena hasta los topes. La alineación visitante no presentó a sus mejores figuras y estaba conformada por suplentes: Dickburn, Garret y Eckersley; Wright, Barrass y Barlow, Berry, Bentley, Taylor, R. Froggat y J. Froggat

Dado que no había en aquellos años un equipo nacional estable, el entrenador argentino, Stábile, resolvió convocar jugadores que se conocieran de antemano. La albiceleste estuvo representada por Mussimessi (Boca), Dellacha y García Pérez (Racing), Lombardo, Mouriño (Boca) y Gutiérrez (Racing); Micheli, Cecconato, Lacasia, Grillo y Cruz (Independiente). Por primera vez, la delantera de un club era llamada íntegra a jugar por la Selección. Después, ingresaría Tucho Méndez (Racing)

Perón, presente en el estadio, saludó a los 22 contendientes y a la terna arbitral, formada por ingleses que ejercían su oficio en el campeonato local. El juez principal era Mr. Ellis.

A los 41 minutos, Taylor puso en ventaja a la visita. La reacción argentina llegó un minuto después. Grillo, que ese día hacía su debut internacional, la contó así:

“Los ingleses nos ganaban 1 a 0. Se la pedí a Lacasia y me fui. No me acuerdo a cuántos dejé en el camino. Ya estaba en el área y me faltaba ángulo para el remate. Entonces, le pegué arriba y la pelota entró entre el hueco que dejó el arquero y el palo”

Este gol se convirtió en hito fundacional del Estilo Argentino. La picardía y la capacidad de improvisación se imponían sobre la mecanización de los que siempre hacían “la lógica”. Toda la defensa inglesa esperaba el pase atrás y Grillo los sorprendió con el remate. Para los testigos, fue un zurdazo. Para el autor, un derechazo. Para la ortodoxia británica, un error.

A los 57 minutos Micheli desniveló el marcador y a los 78, otra vez Grillo puso cifras definitivas: 3-1. Desde entonces, el 14 de mayo se celebra el Día del Futbolista Argentino. Los ingleses, expertos en disimular las falencias propias, argumentaron que no era un partido oficial y para su historia este es un partido entre un Seleccionado de Buenos Aires y el F.A. XI.

Tres días más tarde, se jugó el segundo partido, esta vez los ingleses alinearon a los titulares. Se suspendió a los 22 minutos con el marcador cerrado, debido a una lluvia torrencial. En realidad, era imposible jugar; pero había tanta gente en las gradas que ambos equipos acordaron jugar 20 minutos para no decepcionar a la multitud.

Otra vez jugó la misma delantera. En total, entre ese mayo de 1953 y marzo de 1955, la línea de ataque de Independiente jugó 7 partidos con la casaca nacional; con el único cambio de Bonelli (también centrodelantero rojo) por Lacasia a partir del tercer encuentro. Contribuyeron al título sudamericano de 1955.

Paradójicamente, nunca ganaron un campeonato de clubes en la Argentina. Y el único que jugó un Mundial fue el Zurdo Cruz, participante en Suecia ’58. Los otros continuaron jugando en la Selección en forma diversa, pero ya no lo harían juntos.

El mismo año de la victoria sobre Inglaterra, Independiente se fue de gira por Europa, aprovechando la fama de sus forwards. Para empezar, el 8 de diciembre enfrentaron al Real Madrid en Chamartín. Con goles de Micheli (3), Bonelli, Cecconato y Grillo, los rojos bailaron y golearon (6-0) a los Merengues de Di Stéfano. Santiago Bernabéu pidió la revancha. “Se la damos, pero en Buenos Aires”, respondió Alfredo Roche, presidente del club argentino.

A continuación, derrotaron al Valencia (3-0), empataron con el Sevilla (1-1), vencieron sucesivamente al Atlético Madrid (5-3), al Benfica (2-1) y al Sporting de Lisboa (8-1). Cayeron 5-3 ante el Athletic Club y retomaron al triunfo contra el Celta de Vigo (2-1). Volvieron a caer con el Rouan (2-3), ganaron al Wienner de Austria (3-0), a la Selección de Holanda (3-1) y fueron derrotados por el Huddersfield de Inglaterra (2-3) bajo la nieve. Grillo anotó 10 goles en la gira.

En 1957, Ernesto Grillo fue transferido al Milan de Italia, donde compartió filas con figuras de la talla de Cesare Maldini, Cuchiaroni y el uruguayo Schiaffino. En 1958, llegaron a la final de la Copa de Campeones. Esa tarde de Bruselas, Grillo convirtió un gol que no alcanzó para evitar la derrota ante el Real Madrid en tiempo extra (2-3).

Boca lo repatrió en 1960. Ganó 3 títulos. Cuando en 1962, Menotti jugó su primer partido internacional como jugador, Grillo lo acompañó en la delantera. Se retiró en 1966. Comenzó a trabajar en las juveniles boquenses, donde promovió a 3 campeones del mundo: Trobbiani, Tarantini y Ruggeri. Se casó con Elba y tuvo un hijo, Pablo.

Jorge Luis Borges pensaba que en toda vida hay un momento, un solo momento, que justifica la existencia toda. Esa tarde soleada de mayo, ese gol que se llamó “el gol imposible”, parece comprobar esa conjetura. Para Grillo no solo hubo un antes y un después de ese gol. No hubo jugada más trascendente en toda su carrera. Claro que él ayudó.

“¿Si le di al arco? Y… para ganar la lotería hay que comprar el billete”

Pero los hados de la pelota lo habían señalado a él. Así lo interpretó su compañero Carlos Cecconato:

“Si en lugar de pegarle al arco, Grillo tiraba el centro atrás, ‘el gol a los ingleses’ lo hacía yo”

Desde 1998, el Pelado Grillo juega en las canchas del cielo. Por allá andará paseando su coraje, su talento y su carisma en el campeonato que nunca termina. Estará ocupando su lugar en el Equipo de los Grandes, un lugar que se ganó cuando fue dejando piernas inglesas por el camino hasta anotar el gol imposible, ese que sus rivales consideraron un error.

Nosotros mantendremos viva su leyenda. De tal forma que, aunque los Refutadores lo nieguen, el gol de Ernesto Grillo a los ingleses permanezca indeleble en la memoria futbolera de los argentinos.

grillo

La Virgen mufa ¹

30 ene

¹ Del lunfardo: mala suerte, gafe

En el folclore del futbol existe la creencia de que hay actos fastos y nefastos. Los deportistas afirman que el éxito es tanto fruto del talento, el trabajo y la garra como de la suerte; en partes iguales. Y creen que, mediante ciertas operaciones es posible manipular el azar para que se vuelva favorable.

Objetos, prendas de vestir, gestos repetidos, invocaciones a la Divinidad son algunas de las acciones garantes del éxito.

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Si el resultado deportivo es negativo; significará que el acto se volvió nefasto. Estas acciones similares a conjuros se denominan cábalas.

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En consonancia con esta fe, los delanteros no lavan las medias con las que consiguieron un gol, los arqueros pronuncian ciertas palabras para “mufar” al rival que está por patearles un penal y los entrenadores acceden al field siempre con la misma camisa.

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Poco antes del Mundial ’86, Argentina derrotó a Israel 7-2. Después ganó la Copa del Mundo. A fin de repetir la consagración, el enfrentamiento con la selección israelita se repitió en 1990 (2-1), 1994 (3-0) y 1998 (1-2). Con la llegada de Bielsa, la cábala se cortó. Misteriosamente, la Albiceleste quedó afuera en primera ronda.

4

Los seguidores de los equipos, contagiados de idéntica locura, realizan toda clase de actos para contribuir al triunfo de sus ídolos.

Dado que los ejecutores de estas prácticas son personajes públicos, mucha gente común los toma como ejemplo y decide imitarlos.

5

Toda ideología tiene sus fundamentalistas. En este caso, atribuyen el éxito exclusivamente a amuletos, talismanes y rituales. En consecuencia, el deportista no entrena ni el entrenador planifica; pero cumplen escrupulosamente con los actos cabalísticos.

Algo de eso debió pasarles a los muchachos de Colón de Santa Fe. En 2011, fueron protagonistas de un hecho confuso que mezcló la magia, la fe y el bajo rendimiento deportivo.

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Para reconstruir la historia, es necesario remontarse al año 2001. El ex golero uruguayo, Jorge Fossati, entrenador en la oportunidad de la entidad santafecina, decidió donar al club una imagen de la Virgen, concretamente de Nuestra Señora de Guadalupe. Con el beneplácito de las autoridades de Colón, se puso en contacto con un escultor llamado Saúl Miller.

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Poco tiempo después, la enorme estatua de 2,55 metros era entronizada en el estadio Brigadier General Estanislao López, hogar de la entidad sabalera. Allí permaneció, presidiendo las campañas rojinegras y oyendo las groserías que proferían los concurrentes a las gradas.

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Entre 2010 y 2011, Colón atravesaba una mala racha. Muchas veces hemos visto situaciones parecidas ¿Cuál es el motivo por el que un deportista o un equipo entran en un periodo de derrotas o victorias consecutivas? Hay quienes dicen que las razones hay que buscarlas en lo psicológico. Pero para la afición y el plantel sabaleros la cuestión no tenía explicación lógica. La única verdad, la única realidad era que en 21 encuentros jugados en casa, solo había ganado 5. El record sumaba 11 derrotas y 5 empates. La paciencia de la gente se agotó el 28 de agosto de 2011cuando se perdió el derby contra Unión por 0-2.

Aquí entra uno de los actores de esta historia. Se llama Ariel “Chino” Garcé y jugaba de defensor. Transitaba su segunda etapa en Colón después de haber jugado en River Plate, Morelia de México y Olimpo de Bahía Blanca. Un año antes ya había protagonizado un hecho extraño. Diego Maradona lo seleccionó para el Mundial de Sudáfrica después de verlo en un sueño, señal de que lo extrasensorial y Garcé iban de la mano.

9

A los pocos días de la derrota en el clásico santafecino, apareció en el club con una grúa, removió la imagen de la Virgen y la hizo depositar en su camioneta. Luego, ante el estupor de los testigos, partió con rumbo desconocido.

Pasaron varios días y de la Virgen, ni noticias. Pero Colón pareció recuperar la suerte y en su siguiente partido de local derrotó a San Lorenzo 3-1. Pero entre la alegría por el triunfo reencontrado, comenzó a tejerse una red de rumores. Se decía que la desaparición de la imagen y la racha estaban relacionadas, que los jugadores conocían el paradero de la Virgen, que Garcé la había hecho desaparecer…

A fin de acallar esos dimes y diretes, la Comisión Directiva lanzó un comunicado. El documento sostenía, básicamente, lo siguiente:

1. La imagen de la Virgen no había sido retirada permanentemente

2. Se le efectuarían trabajos de restauración y seria bendecida nuevamente.

3. Luego, se la reubicaría en un lugar más adecuado.

4. El costo de todo ese operativo seria saldado por el plantel.

El comunicado no fue tomado en serio por nadie. Se dudaba de la necesidad de la restauración, pues los empleados afirmaban que estaba en buenas condiciones. Se protestaba contra el traslado, pues se creía más lógico realizar las reparaciones en el propio estadio. Además, ¿para qué bendecirla nuevamente? ¿Y por qué los jugadores se harían cargo de todo?

Los grafitis señalaban a Garcé como principal responsable con frases casi cómicas. “Garcé, ateo, devolvé la Virgen”, le gritaban.

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Un ex jugador de la entidad, José Luis De Santis, integrante del Tribunal de Honor del club, explotó de indignación y dijo toda la verdad:

“Todo es de una enorme pobreza moral. Yo no puedo estar en una Institución de donde se retira a la Virgen por mufa. El comunicado es mentiroso y falaz.”, exclamaba.

“Después del partido con Unión, los jugadores pidieron que se retire a la Virgen. El pedido fue de Garcé. Esta directiva es una deshonra”, dijo antes de renunciar.

El escándalo fue creciendo hasta que llegar al mismo Arzobispo de la ciudad, Monseñor Arancedo. Hubo una denuncia judicial y se abrió una causa por hurto.

Acorralado, el jugador cuestionado debió salir a explicar lo ocurrido.

Su versión de los hechos fue la siguiente: viendo que la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe estaba en malas condiciones, con rajaduras y trocitos saltados, sus sentimientos cristianos se vieron ultrajados; además de temer por la seguridad del público presente en el estadio. Al trasladarla, no tomó la precaución de atarla y asegurarla. Los barquinazos y sacudidas provocaron que la estatua se rompiera en pedazos. Abrumado por el accidente y temiendo la reacción de sus compañeros, se deshizo de los trozos. Cuando la cosa tomó estado público, habló con el presidente del club y el Padre Axel Arguinchona, que los condujo a hablar con el Arzobispo. Este comprendió la situación y le dijo que se quedara en paz.

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Esta es la versión de Garcé. Pero Monseñor Arancedo, durante una Misa de desagravio celebrada el 16 de octubre, manifestó desconocer el destino de la Virgen, con lo que las palabras del jugador perdían veracidad.

Mientras tanto, el escultor Miller declaraba que “personas desconocidas” le habían encargado una réplica de la estatua original.

Entonces, entra en escena un personaje oscuro, misterioso, inexplicable. Se llamaba Ángel Muga y era parapsicólogo. Pero a la manera del mitológico Tiresias, era ciego.

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Sus propios vecinos lo acusaban de golpear a la Virgen con un martillo hasta despedazarla. Citado por la justicia, se manifestó inocente: “Soy hombre de Dios, no sé nada de esas porquerías”. Pero admitió haber sido consultado “con fines esotéricos”.

Sin hallar explicación para la mala racha, los jugadores habrán razonado: “Problema de talento, no es. Entrenamos bien. Ponemos todo. Tiene que ser un problema de suerte” Y en busca de una solución, habrían consultado con el vidente ciego (si se me permite el necesario oxímoron) que les habría señalado que la “mala onda” estaba en la imagen de la Madre de Dios. Los futbolistas cambiaron un credo por otro. No supusieron, seguramente, que todo se convertiría en un escándalo.

Finalmente, el escultor Miller esculpió otra imagen que fue bendecida y entronizada en el Estadio en noviembre de ese mismo año.

Garcé y las autoridades de Colón donaron equipo médico al Hospital de Niños de Santa Fe y evitaron el juicio. El plantel difundió un comunicado donde pedía perdón a los católicos por la destrucción de la imagen.

Garcé se fue de Colón y siguió jugando en otros clubes hasta su retiro en 2014.

Colón perdió la categoría en 2014, pero retornó a primera ese mismo año, sin que la Virgen interviniera, al menos no de modo ostensible.

Mientras, transitó por graves dificultades institucionales. La FIFA obligó a descontarle 6 puntos debido al incumplimiento de pago del pase del jugador Juan Carlos Falcón, proveniente del Club Atlante de México. A esto se sumó que el plantel profesional se negó a jugar contra Rafaela, también por las deudas que el club mantenía con ellos. La AFA le dio el partido por perdido. Tal vez, en vez de buscar las razones de la debacle en una enemistad del universo, podrían haberlo hecho en cuestiones contantes y sonantes, como el dinero que debería estar y no está.

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El ser humano tiene apetito de eternidad. Se niega a aceptar que el universo es un vulgar amontonamiento de cosas que se ven y se tocan. Pero este episodio nos muestra que cuando la creencia en lo sobrenatural es confusa, desordenada y ecléctica; no suceden milagros, sino disparates.

Es increíble que en estos tiempos cibernéticos y digitales el pensamiento mágico se difunda con tanta facilidad.

De todos modos, este cronista prefiere no enfurecer a las fuerzas del destino y escribe estas líneas después de persignarse y con una modesta cinta roja atada a la muñeca.

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El león de Wembley

30 dic

La historia de la emancipación americana estuvo ligada íntimamente a Gran Bretaña. La búsqueda de nuevos mercados para las manufacturas inglesas chocó con el Bloqueo Continental de Napoleón. Entonces ¿qué mejor cosa se podía hacer que propiciar la libertad de las colonias españolas? Por cierto, en las orillas del Plata recibieron el apoyo británico con los brazos abiertos. Al poco tiempo, los gauchos usaban ponchos “Made in Manchester”. Cuando se consolidó el modelo agroexportador, los súbditos de Su Graciosa Majestad contaron con el monopolio del ferrocarril para transportar las mercaderías al puerto, de los frigoríficos para enfriar la carne y de los barcos para llevarla a Londres. Un vicepresidente declaró que Argentina era parte del Imperio Británico. Desde el comienzo de nuestra historia, Inglaterra fue el paradigma, el modelo y el ejemplo que los criollos debíamos seguir y alcanzar.

El futbol no fue ajeno a esta realidad. Desde que los inmigrantes británicos lo incorporaran a la vida cotidiana de los argentinos, medirse con equipos británicos era y es la obsesión de jugadores y dirigentes. Para confirmar y acentuar esta pasión, Maradona no tuvo mejor idea que clavar dos goles épicos contra ellos en 1986.

Pero antes de Diego, hubo otros criollos que hicieron historia al enfrentarse con éxito dispar contra los inventores del deporte rey.

Hoy recordaremos a un arquero llamado Miguel Armando Rugilo. Había nacido en Buenos Aires en 1919. Se inició en Vélez Sarsfield y, tras un paso por el León de México, había regresado al mismo club. Su fama provenía de haber atajado 5 penales en 5 partidos consecutivos en 1949 y, un año después, de haber contenido otros 2 en el mismo match contra River. En 1951, inscribió su nombre en la historia al protagonizar un partido increíble durante la primera visita de la Selección Argentina al legendario Estadio de Wembley.

En la mitad del siglo XX, la Argentina que lideraba Perón vivía tiempos de bonanza. Y quería mostrarse pujante y exitosa ante el mundo. El deporte fue el medio. Se realizaban anualmente los Campeonatos Evita, destinados a la juventud. Al mismo Perón se lo llamaba “el primer deportista argentino”. Envió a los Juegos de 1948 una numerosa delegación que volvió con 3 oros (Delfo Cabrera en maratón, Pascual Pérez y Rafael Iglesias en box). Fangio arrasaba en las pistas de Fórmula 1.

                             

Estos éxitos necesitaban un correlato futbolístico. Ya habían pasado los dorados años 40. La Selección Argentina no había jugado ningún partido entre 1948 y 1949 y solo dos en 1950. Pero la enorme cantidad de excelentes jugadores hacía pensar que se podía competir exitosamente con las potencias del Viejo Continente y salir del aislamiento (La Selección Argentina había renunciado a participar del Mundial ’50 y no enfrentaba selecciones europeas desde 1934). El rival elegido fue, obviamente, Inglaterra. Con ese objetivo, se programó una gira por las Islas Británicas.

El seleccionador argentino, Guillermo Stábile (Máximo goleador en el Mundial 1930), convocó 3 guardavallas para el desafío. Ogando de Estudiantes, Rugilo y Grisetti de Racing. Pero el primero no pudo viajar por un conflicto con su club. Rugilo quedó como titular. Y allá fueron las estrellas argentinas. Tras un vuelo de 36 horas y varias escalas arribaron a Londres. Los periodistas locales destacaron su aspecto físico. “Son petisos y fornidos”, mencionó el Evening News. “Estábamos fuera de forma, gordos”, recordó el arquero años después. “Es que nuestro campeonato recién comenzaba y en esa época no se hacía pretemporada”. Una vez en la capital inglesa, presenciaron el encuentro entre Tottenham Hotspurs (vigente campeón) y el Liverpool. Stábile consideró que los Spurs eran superiores a Racing (a la sazón campeón argentino) en su juego colectivo, pero no en individualidades. Subrayó, también, la velocidad del juego.

Y llegó el partido. Los locales alinearon a Williams, Alf Ramsey (entrenador de Inglaterra en 1966) y Eckerley; Wright, Taylor y Cockburn; Finney, Mortensen, Millburn, Hassall y Metcalfe. Los albicelestes dispusieron a estos once: Rugilo, Colman y Filgueiras; Yácono, Faina y Pescia; Boyé, Tucho Méndez, Rubén Bravo, Labruna y Loustau. El árbitro fue Merwyn Griffith, de Gales.

Desde el comienzo, la selección inglesa tomó la iniciativa y trató de mantener a sus rivales en su propia mitad del campo. A poco de empezar, Rugilo detuvo un remate de Mortensen y, según sus dichos, se “agrandó”.

2

Los sudamericanos trataron de progresar de contraataque. A los 18 minutos, Labruna cortó un pase y habilitó a Loustau. El veloz puntero izquierdo lanzó un centro que Mario Boyé conectó de cabeza y abrió el marcador.

Fue una conmoción. Un invicto de 85 años parecía a punto de caer. Inglaterra se lanzó con ferocidad al ataque. Pero todas sus intentonas chocaron con Rugilo. Durante una hora martillaron el marco albiceleste. “Se venían hasta los fullbacks”, recordaba Rugilo. El arquero porteño edificó una actuación de esas que quedan en la historia. Sus atajadas se convirtieron en leyenda. El público londinense asistió maravillado a la performance del portero. Y en Argentina, la transmisión radial del famoso relator Luis Elías Sojit inflamó el espíritu de los oyentes, que creyeron que la hazaña era posible.

Ante cada intervención de Rugilo, las tribunas estallaban en aplausos. Y Sojit exclamaba “¡Rugilo, un verdadero león!”. El equipo sudamericano ni pensaba en hacer tiempo. Los delanteros esperaban para contraatacar, aunque Rubén Bravo estaba desgarrado. Pero la insistencia inglesa tuvo su premio. A los 80 minutos, Mortensen conectó de cabeza el 14º córner ejecutado por los pross y logró el empate. Siete minutos más tarde, tras un tiro libre de Alf Ramsey, el autor del empate habilitó de cabezazo a Millburn, que sentenció la partida.

1

Terminado el juego, Rugilo cayó acalambrado, exhausto tras soportar un asedio que incluyó 52 remates al arco. La afición británica aún gritaba y aplaudía. El masajista de la selección argentina le dijo: “Saludá, que esa ovación es para vos”. Había nacido el León de Wembley.

La gira continuó en Dublin, donde Argentina venció a Irlanda 1-0 con gol de Labruna. La presencia de Rugilo atrajo a muchos espectadores. Y en cada escala del viaje de regreso, una nube de fotógrafos buscaba el retrato del héroe.

En Buenos Aires, los jugadores en general y Rugilo en particular fueron recibidos en triunfo.

Pocos meses después, el León de Wembley sufrió fractura de tibia y peroné. Estuvo mucho tiempo inactivo. En 1953, Vélez lo dejó libre y pasó por Tigre, O’Higgins de Chile y Palmeiras de Brasil donde colgó los botines a los 41 años. Nunca más fue convocado a la Selección.

La vida de Miguel Armando Rugilo se apagó en 1993. El recuerdo de su proeza en el césped de la Catedral del Fútbol no se agotará jamás. Será para siempre el León de Wembley.

Mirko

27 nov

La edad de los sueños

Yo tan solo 20 años tenía…y recién comenzaba mi carrera en la docencia. Era 1988 y, por primera vez, sería responsable de un aula de principio a fin del año escolar. Me asignaron 5º grado, niños de 10 años. Con realismo, me dejé la barba para parecer mayor a los ojos de mis alumnos.

No empezó bien, como para que fuéramos sabiendo que los sueños no son gratuitos. No empezó bien porque los gremios llamaron a la huelga y el comienzo de las clases se postergó 40 días. Cuando, finalmente, empezamos, me encontré con 40 pibes, todos varones, desordenados, revoltosos y, especialmente, muy futboleros. Entre ellos había un flaquito rubio, de mirada tímida y voz apagada. Se llamaba Mirko Saric. Su padre se declaraba croata, en una época en que Croacia era una entelequia dentro de la Yugoslavia de Tito.

Mirko era un alumno término medio, que pasaba desapercibido en la clase. Hasta que llegaba el recreo. Cuando agarraba la pelota, se transformaba. Era hábil, gambeteaba con desparpajo y se movía con aplomo. Supe que militaba en los equipos infantiles de San Lorenzo de Almagro. Tenía, como casi todos los pibes argentinos, sueños de primera división. Y mostraba potencial.

A fin de ese año, acepté una oferta de otro colegio y no lo volví a ver.

01

¿El sueño se cumple?

Diez años más tarde, se empezó a hablar de un equipo juvenil de San Lorenzo, apodado “La Cicloneta”. Se decía que eran un espectáculo. Un día, en el diario Olé leí la formación de ese conjunto. Ahí estaba Mirko. Me alegré por él. Inocentemente, el maestro cree que sus alumnos son parte de él y que si a ellos les va bien, a él le va bien.

En un par de años, debutó en primera. Fue una revelación y se llenaron páginas con lo que le esperaba a la nueva figura: reportajes, ofertas de Europa, la Selección… Mirko se veía feliz. Y el maestro, orgulloso.

02

El descenso a los infiernos

En todas las mitologías, el héroe se da una vuelta por el inframundo. Cuando vuelve, su heroicidad no necesita de más pruebas. Así pasa a veces en la vida real. Pero sólo a veces.

De pronto, Mirko desapareció del primer equipo. Se mencionó la indisciplina como causa, pero el entrenador lo negó. En un encuentro de reserva, se rompió la rodilla. Las desgracias lo esperaban agazapadas. Chocó con el auto y se golpeó en el mismo miembro lesionado. Sufrió un desengaño amoroso, cruel y destructivo. Estaba calentando para ingresar en un partido de primera cuando lo atropelló el carrito de los lesionados y le lastimó un tobillo. Los sueños de Mirko se resistían a cumplirse.

Una tarde, miraba televisión con mi hijo mayor, que tenía 2 años. Vi a Mirko en la pantalla de TYC Sports. Presté atención, pensando que anunciaban su regreso al equipo principal. Pero la noticia era la peor posible. Mirko Saric se había quitado la vida.

Como imaginarán, fue una conmoción. Los medios que durante meses no se habían ocupado de Mirko ahora explicaban las causas de la terrible decisión tomada por el pibe. La institución quiso suspender un partido internacional que tenía ese día, pero el rival y la CONMEBOL no aceptaron, mostrando una incalificable falta de humanidad. Ex jugadores se atrevieron a juzgar a Mirko, con mucha carencia de vergüenza y absoluto desconocimiento de la persona y de sus circunstancias. Se hacían las más variadas conjeturas. Se dijo que se negaba a tomar antidepresivos, por temor a que le dieran positivo en los controles antidoping.

Pero las especulaciones sobran. Solo Mirko, en esa espantosa soledad que es la depresión; solo él y Dios saben la verdad. Tal vez, la pelota era su única alegría. Cuando se la negaron, la tristeza se le hizo insoportable.

Los sueños truncos.

La vida siguió. La docencia me hizo feliz y me decepcionó, casi en partes iguales. Lo que es seguro, es que se parece muy poco a los sueños que tenía en 1988.

Pienso a menudo en Mirko. Es un dolor que no me puedo quitar. Ingenuamente, lo siento como una pérdida. Será porque cuando nos cruzamos ambos teníamos sueños, mucho antes de que la realidad los dejara truncos.

03

El desencanto del amor.

14 nov

Llevo desde el fin del Mundial sin ver un solo partido de fútbol. Ni Depor-Celta, ni Barça-Madrid, ni Argentina-Brasil. Mi lado yonki futbolístico sobrevive a base de resúmenes de encuentros en Youtube, crónicas periodísticas y alguna escapada a páginas de apuestas deportivas, donde malgasto mis escasos ahorros soñando con combinaciones imposibles. El Mundial de Brasil parece que ha sido el canto del cisne en mi gusto por el fútbol. Empiezo a verlo, me enerva y lo quito. Voy al estadio, miro a mi alrededor, no comprendo nada y me vuelvo a mi casa. No hay nada que me incite a ver un partido los sábados, ni los domingos. Pierdo los fines de semanas leyendo chorradas de filósofos franceses que se contradecían a cada palabra y el fútbol apantallado ya no me importa más. Todo lo que sé de la vida me lo enseñó el no ir a un estadio de fútbol.

Se vive bien sin fútbol, hagan la prueba. Lean un libro sobre cocina o cocinen un libro sobre semiótica. ¿Qué sé yo? Pero no vean más fútbol. Háganme ese favor. Acompáñenme en este viaje de barbecho durante unos meses y díganme si realmente vale la pena sufrir por unos cuantos niñatos engominados millonarios y arrogantes. Suena absurdo, ¿verdad? Será porque lo es. No tiene sentido ver fútbol. Ni siquiera tiene sentido jugar al fútbol si lo haces mal y no puedes vivir de ello ¿Por qué entonces sigo soñando con los goles que nunca marqué, con pases que nunca di y con despejes que nunca hice? ¿Por qué ese deporte sigue en mí a pesar de que ya no me importa una mierda? Una droga muy dura esto del balompié. El “19 días y 500 noches” de Sabina se queda demasiado corto para describirte.

Rosario siempre estuvo cerca

2 nov

Rosario siempre estuvo cerca de la hazaña. Además de ser la cuna de la Bandera Nacional, del Che Guevara, del Rock argentino y de Luciana Aymar; los avatares de la pelota siempre la tuvieron como protagonista.

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El 30 de octubre de 1921, argentinos y uruguayos jugaban en la entrañable cancha de Sportivo Barracas por el Campeonato Sudamericano. Una pelota cortada hacia la izquierda, un remate de Vicente González, el arquero oriental Beloutas que rechaza dificultosamente… y Julio Libonatti que caza el rebote y marca el gol glorioso: primer título internacional para la Argentina. Al poco tiempo, el Torino contrata al goleador, que se transforma en el primer jugador americano en ser transferido a Europa ¿Dónde nació Libonatti? En Rosario, obviamente.

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En los albores del fútbol rioplatense, la Cuna de la Bandera fue foco de irradiación junto con Montevideo y Buenos Aires. Mientras en la capital uruguaya nacía la garra charrúa y en la ciudad porteña se jugaba a la inglesa; en la ciudad santafecina se creaba una escuela de gambeteadores como no habría otra igual en el mundo. José Nasazzi, capitán campeón del Mundo en 1930, no salía a defender lejos de su área cuando jugaba contra los rosarinos; ya que con su habilidad podían desairarlo fácilmente.

Los principales clubes de la ciudad son, como tantos otros, fruto del ferrocarril y de los colegios ingleses. En 1889, obreros ferroviarios fundaron el Central Argentine Railway Athletic Club, más tarde rebautizado como Rosario Central. Su eterno rival, nació en 1903. Egresados del Colegio Comercial Anglicano Argentino lo llamaron Newell’s Old Boys en homenaje al profesor que les había enseñado a jugar al fútbol, don Isaac Newell. El 18 de junio de 1905, se jugó el primer clásico, en la Plaza Jewell, primer campo de deportes del país. Otros clubes rosarinos son Central Córdoba, Argentino, Tiro Federal, Renato Cesarini, Provincial, Belgrano, Gimnasia y Esgrima, Morning Star…

Los clubes grandes se dieron a la tarea de captar los talentos que abundaban en los pueblos de la Pampa gringa y formarlos en sus canteras. El resultado fue un torrente de jugadores que inundó el mundo con fútbol de inigualable destreza.

En los años pioneros del balompié criollo, aparecen dos nombres de prosapia: Harry Hayes y Guillermo Dannaher. Pero sobre todos ellos, brilló la figura señera de Gabino Sosa, ídolo de Central Córdoba. El Negro, artista incomparable de la pelota, cobró por su primer contrato profesional $ 400 pesos y una muñeca para su hija.

En los años 20 integraron los combinados nacionales el portero Octavio Díaz (J.J. O.O. de 1928), Zenón Díaz, Adolfo Celli, Florindo Bearzotti, Ernesto Celli, Roberto Cochrane. Octavio y Cochrane reforzaron el equipo de Boca en la histórica gira por Europa en 1925.

En 1937, en otro campeonato sudamericano, un pibe rosarino hizo los dos goles que le dieron el triunfo sobre Brasil y la corona a la Argentina. Se llamaba Vicente de la Mata y jugaba al lado de Gabino Sosa en Central Córdoba. Ese mismo año, pasó a Independiente donde integró un terceto central insuperable con Arsenio Erico y Antonio Sastre. En 1939, le marcó a River Plate un gol de la más pura estirpe rosarina, después de eludir a 7 rivales.

A partir de los ’40, con el profesionalismo definitivamente afianzado y los clubes rosarinos integrados al fútbol grande, sus jugadores pasaron a ser habituales en la albiceleste. Los memoriosos juran que el mejor wing izquierdo de la historia fue Enrique “Chueco” García, el Poeta de la Zurda, surgido de Rosario Central y figura de Racing.

Y en el San Lorenzo campeón de 1946 había dos rosarinos: Rinaldo Martino y René Pontoni.

Ángel Perucca, Julio Elías Mussimessi, Héctor Ricardo, Saturnino Yebra, Juan Carlos Colman, Rubén Bravo, Federico Sacchi; son otros destacados jugadores de esa época gloriosa.

Pelé debutó en la selección brasileña con una derrota ante Argentina por 1-2. ¿Quién hizo el gol de la victoria? Un rosarino, por supuesto: Miguel Antonio Juárez, el Gitano. ¿Y a quién le convirtió O Rei su gol número 1000? A otro rosarino: Edgardo Andrada, el Gato.

Rosario siempre estuvo cerca de la historia. ¿Ustedes saben cuál fue el primer club del Interior argentino en llegar a la final de la Copa Libertadores? Newell’s Old Boys en 1988. ¿Y cuál fue el único club en campeonar consecutivamente en 1ºB y en 1ºA? Rosario Central, en 1986 y 1987, respectivamente.

En la previa del Mundial ’74, la selección hizo un partido de práctica contra un combinado rosarino. Perdió 3-1 con baile. La función fue dirigida por un jugador del modesto Central Córdoba: Tomás Felipe Carlovich, el Trinche.

En 1971, Rosario Central eliminó a su eterno rival en semifinales del Campeonato Nacional con un gol de palomita de Aldo Pedro Poy. Hasta el día de hoy, en el aniversario del hecho, el ídolo reproduce la palomita ante los hinchas. Es el gol más celebrado de la historia del fútbol mundial.

Por esos años, brillaban en las canchas argentinas, Mario y Alfredo Killer, Mario Zanabria, Jorge Carrascosa –capitán del seleccionado hasta 1977 – Roque Alfaro y Edgardo Bauza (autor de 108 goles, 4º en el ranking mundial de defensas goleadores de todos los tiempos).

Cuando el fútbol argentino tocó el cielo con las manos en 1978 y 1986, en sus filas estuvieron Sergio Almirón, Daniel Killer (hermano de Mario y Alfredo) que jugó en los dos grandes de la ciudad, Mario Kempes (cordobés, pero consagrado en Rosario Central), Jorge Valdano, Américo Gallego, Leopoldo Luque, Ricardo Giusti, Héctor Zelada, Luis Islas y Pedro Pasculli; todos con algún paso por clubes rosarinos.

Y el regreso de Diego Maradona a la Argentina fue con la rojinegra de Newell’s en 1993.

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La Chicago argentina no solo produjo jugadores, también originó los mejores entrenadores. Observen:

¿Quién llevó a la Argentina a su primera Copa del Mundo? César Luis Menotti.

¿Quién logró que Paraguay llegara a cuartos de final en un Mundial? Gerardo Martino

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¿Quién hizo que Chile volviera a ganar un partido mundialista? Marcelo Bielsa

¿Quién condujo a Rosario Central a ganar una final internacional tras perder 0-4 el partido de ida? Ángel Tulio Zof

¿Quién salió campeón argentino 3 veces sin dirigir a ninguno de los equipos grandes? José Antonio Yudica

¿Quién formó a los mejores jugadores del mundo? Jorge Bernardo Griffa.

¿Quién logró que Cobreloa llegara dos veces consecutivas a la final de la Copa Libertadores? Vicente Cantatore

¿Quién llevó a Independiente a ganar 3 título locales y 3 internacionales? José Omar Pastoriza.

Antes de la Ley Bosman, ya había jugadores rosarinos brillando en Europa. Por ejemplo, Daniel Carnevali, Santiago Santamaría y Juan Simón. La apertura de los mercados europeos produjo una diáspora impresionante de rosarinos que vistieron las casacas más prestigiosas del Viejo Continente, a la vez que enaltecían a la albiceleste.

¿Cuál fue el primer club de Gabriel Batistuta, máximo goleador histórico de la Selección Argentina? Newell’s Old Boys.

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Del club del Parque Independencia también provienen Ever Banega, Lucas Bernardi, Abel Balbo, Roberto Sensini, Fernando Gamboa, Eduardo Berizzo, Mauricio Pocchettino, Maxi Rodríguez, Lionel Scaloni, Leo Biagini, Gabriel Heinze, Walter Samuel.

En los dos Campeonatos Juveniles de 1989, el arco argentino estuvo defendido por jugadores de Rosario Central: Roberto Bonanno en la Sub 20 y Roberto Abbondanzieri en la sub 17. Del club del barrio Arroyito vienen Kily González, José Chamot, Pablo “Vitamina” Sánchez, Ángel Di María.

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Incluso, hubo quienes jugaron para otras selecciones: Juan Antoni Pizzi para España y Ramón Quiroga para Perú.

También rosarinos, pero que no jugaron en clubes de la ciudad son Claudio Marangoni, Santiago Solari y el polémico Mauro Icardi.

Rosario tiene muchas caras. La cultural, que albergó a músicos, pintores, pensadores, dibujantes, actores, poetas. La que tiene 30 museos y 20 teatros y engendró a la Nueva Trova Rosarina. La educativa, con la Universidad Nacional de Rosario, la Universidad Tecnológica Nacional y otras. La inmigratoria, poblada por italianos, españoles, polacos, judíos, británicos, franceses, alemanes, suizos, griegos, ucranianos, croatas, turcos, rusos, sirios, libaneses que le dejan poco espacio a los aborígenes tobas. La rebelde, que protagonizó el Rosariazo contra la dictadura en 1969. La portuaria, por la que se exporta el 70% de los cereales argentinos. La ferroviaria, cuyas vías enlazan Buenos Aires, Córdoba y Tucumán. Semejante mixtura sólo podía engendrar figuras geniales.

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No podía ser de otra manera. Rosario siempre estuvo cerca de la gloria. Y para admiración del mundo entero, son fruto de su seno fecundo los goles inmortales, copiosos, criollísimos de Lionel Andrés Messi, su obra más perfecta.

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